Había dicho que Ysaura y Aldo, para "entretenerse" más de lo que ya hacían, se deslizaron a mi dormitorio sin encomendarse ni a dios ni al diablo y sin decir palabra alguna. Y también que yo me encontraba atado de pies y manos porque había impuesto a Ysaura una contumaz relación de amistad conmigo, grande, pero libre de los compromisos propios de la relación amorosa y, en consecuencia, ni tenía derecho ni podía, si quería salvar mínimamente mi dignidad, expresar otra cosa que aprobación e incluso alegría porque dos grandes y buenos amigos encontraran entre si y recíprocamente la "felicidad".
En esos momentos me aproximé al conocimiento del infinito absoluto. Realmente las dos o tres horas que pasaron en mi dormitorio se me hicieron eternas y no sé cuantas veces pude oír en ese tiempo al Dylan y al Moustaki, cuyos discos repetía una y otra vez, tras amordazar muy finamente a la pelma con el pretexto (por otro lado cierto y conocido de mis amistades) de que cuando me pongo a oír música, sólo me gusta oír música (y absolutamente nada más).
Y por fin salieron los tórtolos del nido que me habían tomado... era sobre la una de la madrugada y todos comprendimos que ya debíamos reintegrarnos a nuestras respectivas casas. Refrescaba un poco, de modo que apetecía echarse un ligero suéter ("sweter", otro anglicismo escrito y leído a la española) sobre los hombros. Ni que decir tiene que como era el único que estaba en esa posibilidad, presté a Aldo y a Claudia una prenda y a Ysaura la mejor que tenía y por supuesto, Aldo y yo acompañamos a las chicas a sus casas, en mi Mini.
Regresados a casa, la despedida con Aldo fue el habitual "hasta mañana" que se suele pronunciar cuando ya van haciendo ganas de recogerse y no ha pasado nada. No dijo nada durante el trayecto de ida a dejar a las pibas, no dijo nada durante el trayecto de vuelta.
Sin entrar en detalles sobre todo lo que se me paso por la cabeza durante el resto de la noche, que pasé en vela, ese "hasta mañana" resultó ser utópico, pues no vi a Aldo ni a la mañana siguiente ni en los siguientes días, pocos, pues debía reincorporarse a sus tareas escolares. Pero no era nada raro que se produjera esa situación, porque desapariciones así ya las había convertido él en habituales. Ya me había repetido más de una vez la misma conducta: llegar él de La Unión, reencontrarnos, presentarle yo la niña de turno y desaparecer hasta las siguientes vacaciones, dejando como único medio para regar nuestra amistad el servicio postal.
Tampoco vi a Ysaura durante esos días, hasta dos o tres después de haberse marchado Aldo, convocándonos temprano una fresca y soleada mañana en la Plaza de Oriente, donde acudió con un montón de amigas (entre ellas la pérfida Claudia y también una tal Adelia, de quien más adelante hablaré), me devolvió ciertos discos que le había prestado y se negó en redondo, cortés pero fría y firmemente a que desayunáramos juntos, incluido su séquito, por supuesto. Eso sí, ante ese malísimo tiempo, yo seguía poniendo buena cara y le anuncié que esa temporada iría más a menudo por la casa de campo de mi familia, en un pueblecito de Guadalajara, por lo que tendríamos menos oportunidades de vernos.
Al poco, recibí una carta de Aldo, que me escribía como si no hubiera pasado nada. Carta a la que yo no contesté porque había decidido romper la amistad bajo el pretexto de sus habituales desapariciones. Días después una segunda carta de Aldo ya tocaba el tema de Ysaura y me ofrecía deshacerse de ella si es que estaba molesto por lo sucedido. Sí contesté esa carta, diciéndole que Ysaura y yo éramos tan amigos como siempre y que no merecía mi amistad, no sólo por desaparecer del mapa una vez y otra vez, nada más haber obtenido de mi lo que pretendía, sino también por mercadear con mi amistad y los sentimientos de Ysaura... en fin, la cosa quedó muy fina y no volvimos a saber el uno del otro en muchos años.
Por supuesto, puse en conocimiento de Ysaura esa carta y la respuesta mía, a través de Adelia, pues tanto ella como yo nos evitábamos.
Y pasaron los meses.... llenos de largas noches de pena y agonía. Realmente tenía el corazón destrozado y no conseguía quitarme de la cabeza a Ysaura.... no me apetecía ni mirar a otras chavalitas, que no se por qué siempre revoloteaban a mi alrededor, sin entender nada de lo que me pasaba.
Llegué a aproximarme al autista que debí haber sido… sólo me perturbaba su recuerdo, cuando sucedió algo extraño: una tarde estaba estudiando en la biblioteca de la facultad cuando de pronto se presentó un hermano de Aldo y me entregó, de su parte y para devolver a Ysaura, una preciosa esclava de oro que ésta le había regalado. No hice preguntas y me limité a enviársela a través de Adelia, pero no comprendía el por qué ese encargo del usurpador.
Como un año después, en una fiesta, me encontré inopinadamente a Ysaura y a Adelia. No sabía cómo reaccionar y no sé cómo ni por qué, ya anocheciendo, me vi embarcado en mi auto con Adelia, Ysaura y otros dos compañeros y amigos, íbamos en total cinco rumbo a El Escorial, donde Bruno, uno de mis amigos tenía un enorme y lujoso chalet en el que sus padres pasaban algunos fines de semana y que era casa conocida de toda la peña. Sólo me dio tiempo a pedir a uno de mis amigos que me quitara a Ysaura de encima, lo que cuando llegamos al chalet consiguió sin ninguna dificultad, perdiéndose los cuatro (Adelia le había pedido lo mismo respecto de mi a mi otro compañero) en las profundidades de la casa, mientras yo, que me había quedado solo y desparramado en un sofá del cuarto de juegos, no paraba de pisar nuevamente, una y otra vez, con Soledad Bravo, las calles de Santiago ensangrentadas.
Volvimos al amanecer, ellos arrullándose, yo silbando mientas conducía… y salvo algún que otro encuentro esporádico, no volví a ver a Ysaura hasta cuatro años después, con ocasión de la muerte de Aldo, aunque si supe que se había casado con un aviador comercial.
Aldo y yo no nos volvimos a hablar hasta pocos meses antes de su muerte. Mi mujer y yo para entonces ya estábamos comprometidos y nos encontramos con él en un bus. Nos saludamos, le presenté a mi novia y quedamos una tarde para tomar unos vinos. Éramos los dos mucho más maduros (yo ya había cumplido los 26) y abrimos una pequeña vía de comunicación que prometía, pero no pudo llegar a más por trabajar Aldo fuera de Madrid y en seguida acaecer su muerte.
La muerte de Aldo fue digna de un número uno como él era y me sorprendió estudiando mis oposiciones, una tarde de febrero. Me la comunicó mi hermana y obviamente subí de inmediato a su casa a mostrar mi condolencia y a ofrecerme a su madre y hermanos para lo que pudieran necesitar.
Por la noche dieron la noticia en televisión y nada más darla sonó el teléfono… resultó ser Ysaura pidiéndome, toda llorosa, confirmación de la noticia que acaba de oír en la tele. Se la di y nos concertamos para ir al velatorio la mañana siguiente, una vez llegado el cadáver a Madrid.
La recogí y marchamos los tres (mi novia también) al lugar de despedida y salida del entierro. Al llegar, nos dejó a todos con los ojos a cuadros (ojipláticos, se dice ahora) porque nada más entrar en el velatorio, Ysaura se tiró sobre el ataúd, transportada sobre sus propios alaridos, como si fuera la viuda más desconsolada del mundo. Aldo, cuando murió, permanecía soltero, aunque estaba en relaciones con una chica que obviamente no conocía a Ysaura y que quedó de una pieza..., el caso es que con todo y con eso, enterramos a Aldo y desde entonces Ysaura y yo mantenemos contacto, pues una vez al año, cada 14 de abril, llamo a Granada, donde vive y le felicito su cumpleaños.
Pero de un tiempo a esta parte los fantasmas han desaparecido. Después de una noche pensando en estas cosas en solo unas horas llegué a la conclusión de que en realidad Aldo no me traicionó, porque se prestó a un juego propiciado por Ysaura para ver si con el espolón de los celos por fin daba el salto que ambos tanto anhelábamos. Evidentemente, lo que Ysaura pudo ver en mi no fue un estallido de celos sino una fría y condescendiente bendición a ese emparejamiento y de ahí su inquina posterior y su definitiva pérdida, pues ambos, por razones contrapuestas nos habíamos recíprocamente invalidado.
Desde luego esa explicación encaja con la rocambolesca devolución de regalos que me encargó Aldo a través de su hermano, pero también son ciertas dos cosas: Una, que si fuera teatro, hubiéramos sido todos dignos al Premio Nacional de Interpretación, ellos por su maravillosa asunción del papel de amantes y yo por mi no menos meritoria interpretación del frío, amable y digno amigo de la dama; dos, porque aun tardando tanto como he tardado en encontrar sentido a todo lo que pasó, no deja de ser la explicación más satisfactoria para mi vanidad.
En fin, cualquier día de estos lo mismo me atrevo a acercarme a Granada y pedirle a Ysaura que me cuente lo que de vedad pasó.