Entre que dije que lo contaría por un lado y que por otro se ve que voy llegando a viejo y deseo ejemplarizar todos mis posibles Karmas, la historia que voy a contar jamás la conté a nadie como en realidad sucedió, al principio por razón de perjuicios machistas, después por no reconocer que me seguía angustiando al cabo de los años y luego porque el tiempo no perdona y terminó por diluirse en el conjunto de mis vivencias.
Las situaciones que la forman fueron recurrentes mis sueños, más bien en mis pesadillas, durante más de veinte años, en los que fui perseguido por un ex-amigo, ya fallecido (a los seis o siete años de finalizar la historia), como asiduo visitante de mi subconsciente onírico, aunque curiosamente, en sueños, nunca tratamos la cuestión de la traición de amores de la que fui su víctima -o al menos eso creí entonces- y todo se resolvía, por mi parte, en una gran ansiedad por encontrarle, vivirle o, si se quiere, recuperarle en la plenitud de sus facultades, aunque inevitablemente siempre me daba esquinazo.
Hace ya años que esta historia ha perdido su condición de perturbadora onírica, justo después que, tras meditar unas horas (sólo Dios sabe cuántos minutos de reflexión he dedicado a esta chorrada), me pareció dar, ¡Eureka!, con la explicación que hace encajar con visos de verosimilitud lo que pasó, aunque ello me ha supuesto descubrir la verdad terrible de que lo que verdaderamente me importaba era el por qué y no el qué… la causa de lo sucedido y no propiamente lo que pasó.
He de comenzar diciendo que aunque la vida me curó radicalmente de esos espantos, en mi adolescencia y primera juventud fui un gran tímido. Pero un tímido atípico, porque siempre he tenido la facultad de comunicarme fácilmente, he sido siempre gente de buen trato y rápidamente simpatizaba con todo el mundo, incluidas las pibitas. Quiero decir que aunque aparentemente era una persona más que suficientemente desenvuelta, en realidad escondía, bajo ese caparazón, que mantenía a toda costa -supongo que como autodefensa- una gran timidez. El resultado es que conectaba con todos -el problema afectaba a la totalidad de mis relaciones, no solo a las que establecía con chicas- rápidamente, pero me costaba un imperio trascender la primera relación superficial. Con las niñas eso implicaba que les llegaba pronto a interesar pero me detenía y no sabía franquear -para ellas de modo inexplicable- el punto donde ese primer interés debía avanzar hacia una relación más profunda.
Este problema me procuró serios batacazos, de ellos uno especialmente doloroso, sobre el que versa esta historia, aunque ya me había sido anunciado por otro previo parecido, del que no supe tomar lección.
Así, en el verano del 74 y allá en mi estival Playa de San Telmo, surgió como una aparición emergente del agua, como una preciosa sirena, una pibita de piel escandalosamente blanca para los que ya llevábamos algún tiempo por esos lares y podíamos lucir un solemne bronceado. Eran los ojos negros más grandes y más profundos que jamás había visto. Eran unos espléndidos diecisiete años, peinados a la moda Heidi, era Ysaura… una diosa vestida de diosa (en realidad esa primera vez llevaba bikini).
Y sucedió lo que tenía que suceder. La miré, me miró, me gustó, le gusté.... y como siempre sucedía, rápidamente conectamos.
Simpatizamos enseguida y pasamos un verano verdaderamente agradable, situando nuestra amistad dentro de los límites de una efímera relación estival, del respeto del compromiso que por entonces mantenía ella y de las expectativas (esas no me faltaban nunca) que yo tenía. Es decir, establecimos una relación de mucha simpatía y a la vez muy superficial, aunque como luego se evidenció, ambos tomamos reciproca nota de nuestra respectiva existencia.
El veraneo acabó y cada uno volvió a su casa, en Madrid, donde curiosamente vivíamos en sitios no muy distantes el uno del otro. Al poco de regresar, nos llamamos algunas veces y siempre por iniciativa de ella, salimos en un par de ocasiones, en grupo, con amigos del verano....
Fuera de esos leves contactos el tiempo siguió transcurriendo y alcanzó el calendario hasta las primeras fechas de diciembre del 76, en pleno invierno, encontrándonos casualmente un día por los alrededores de la vieja “Complu”.
y qué pasó??? va por fascículos, veo. pues nada, a ver si publicas pronto el siguiente.
ResponderEliminarNabia... tranki, tronka... marchando
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