Nos dio, al menos a mí, una gran alegría el encuentro, comenzamos a recordar peripecias y amigos comunes de aquel veraneo e igualmente, de una manera natural, comenzamos a hacernos confidencias. Resultaba que ella acababa de liquidar de manera dolorosa (incluidos intentos de suicidio, según me confió) una relación con un tal Tato (distinta de la de aquel verano), mientras que yo mantenía unos amoríos un tanto extravagantes con mi inglesita marinera.
Bueno, ese encuentro casual, en esas determinadas circunstancias y la química que ya había funcionado la primera vez que nos vimos, fraguó rápidamente en una estrecha relación y los dos nos enamoramos. Para el día 14 de abril, su cumpleaños, recuerdo que le regalé un enorme libro con todas las tiras de Mafalda y anduvimos todo lo que quedaba de curso el uno junto al otro.
Donde Ysaura estaba, se hallaba Klaus; éramos capaces de las mayores locuras, como estar de copas por el Valle del Kas y llegarnos a las tres de la madrugada al Escorial para ver amanecer... o simplemente amanecer frente al mar en Santander, o la emoción de descubrir en Orihuela las fachadas de las casas de los barrios obreros, que en homenaje al poeta Miguel Hernández (aquel de "umbrío por la pena"), habían pintado con motivos evocadores de sus poemas.
Los meses pasaban, la relación se estrechaba pero... pero yo no era capaz de dar ese a veces sinuoso saltito que separa una buena amistad de un cálido amor. Yo trataba a Ysaura como a la niña de mis ojos pero mantenía la distancia, me comportaba con ella como si ella fuera el mejor de mis camaradas, aunque en realidad mi corazón se consumía en un ardiente amor.
Ella no entendía nada, no comprendía mi comportamiento y sólo le faltó pedirme de rodillas y a gritos que dejara de "amiguearla" y que la amara y digo de rodillas y a gritos porque me lo pidió de otras mil maneras, aunque cada vez que ella llevaba la conversación a ese terreno, yo escurría el bulto con increíble habilidad.
Con esto llegó un nuevo verano y ella marchó con su familia a una playa de levante, en un pueblo a unos cien kilómetros de donde yo, como siempre, pasaba mis veranos. Todos los días, desde que llegué a mi casa de San Telmo, salía de madrugada para ir a verla y regresaba de madrugada. Dormía dos, a lo sumo tres horas y de nuevo marchaba a verla, pero por más que lo intentaba no era capaz de saltar la barrera.... ¡Dios!, lo que hubiera dado por tener fuerzas para abrazarla y besarla y confesarla mi amor y permitir que ella me confesara el suyo. Pero nada.
Uno de esos días sucedió algo aparentemente intrascendente, pero que luego se convirtió en determinante. En las proximidades de donde ella estaba, hay un pueblo minero, La Unión.
Allí terminaba las prácticas de la Escuela de Minas Aldo, mi amigo del alma. Estuvimos unos momentos viéndole, les presenté y nos marchamos y ya no supe de él en todo el verano, pues iba de vacaciones con su familia a otra costa.
Y en estas idas y venidas, manteniendo a duras penas el absurdo de vida y de relación que yo imponía a Ysaura, dieron los primeros días de agosto y de pronto se cansó, aunque no me lo dijo, y regresó a Madrid. El resto del verano lo pasé en ascuas, comunicándome con ella por teléfono (en aquellos tiempos los apartamentos de verano no solían tener teléfono y, por descontado, no había móviles, así que tocaba "cabina") y por cartas. Comprendía que había llevado la cosa a una situación límite.
Por fin llegó septiembre y con ese mes, el tiempo en que debía preparar el comienzo del nuevo curso, el último de mi carrera (es curioso que en España llamemos "carrera" a los estudios universitarios, si consideramos que las putas también hacen “la carrera”… ya es curioso que digamos que los estudiantes hacen lo mismo que las putas, ¿Por qué será?). Es decir, que con septiembre llegó el pretexto, casi único para dejar San Telmo y marchar corriendo a Madrid, tras Ysaura, sin quedar demasiado en evidencia.
No hice nada más que llegar y me encontré con Aldo pues una de las razones de que fuéramos amigos de la infancia era que él vivía con su familia en un apartamento de la decimoquinta planta del edificio donde mi familia y yo ocupábamos otro en la octava.
Como puede suponerse, llamé a Ysaura recién hube llegado y concerté con ella una cita inmediata pero que no recuerdo por qué razón o con qué pretexto, me anunció que sería breve. A la cita acudió con una amiga, Claudia, esa confidente inseparable que todas la mujeres entre los quince y los veinticinco años siempre tienen y que a la postre suele terminar siendo la peor enemiga.
Aprovechando que toda mi familia, por unas u otras razones, estaba fuera de Madrid y que por tanto podía disponer libremente de mi casa, invité a Ysaura a pasar allí la tarde del siguiente día para de oír música y tomarnos una chocolatada que yo mismo prepararía, pero claro, no se le podía hacer el feo a Claudia, por ello me sugirió que buscase un amigo para completar las dos parejas y, evidentemente, mencioné a Aldo, quien luego aceptó gustoso el convite.
Pasé la noche en vilo acopiando fuerzas y llegando a decidirme para, por fin, dar el saltito y arreglar la situación. La chica me interesaba realmente y realmente había conquistado mi corazón. Estaba perdidamente enamorado de Ysaura y entendía que ese amor merecía el gran sacrificio de luchar contra esa timidez, ese algo que me impedía franquearle las puertas de mi alma.
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