Hoy, anoche, he tenido un sueño.
Caminaba por un camino rural, por las afueras de un pueblito rústico. Iba con una hermosa muchacha al lado, pobre, muy pobre, una persona marginada. Al paso apareció un montón de alpacas de yerba, de un color verde un tanto artificial... era el pienso para los animales de la especie de granja abandonada donde vivía la muchacha, se trataba de un producto de baja calidad... no era un pienso bueno.
Según íbamos avanzando hacia su casa, nos iban saliendo al paso unas gallinas... encima del montón de alpacas había visto un gran gallo con una cresta roja y enorme. Mientras que otro gallo, éste con tan poca cresta que me hacía dudar si era una gallina, se arrimó a la muchacha y jugueteaba con ella.
Por fin llegamos a su casa, una especie de cobertizo en muy lamentable estado. Todo estaba viejo, cochambroso y sucio.
La muchacha era muy bonita, bellísima, iba modestamente vestida, con una ropa como de un desvaído marrón claro, de verano y corto, un palmo por encima de sus rodillas.
Una niña pequeña, de unos cinco o seis años, hija de la muchacha, nos esperaba por allí y nada más ver llegar a la madre se abalanzó cariñosamente hacia ella.
Esa maternidad era a la vez consecuencia y causa de su marginalidad, o lo que es lo mismo: el estado de marginalidad de la muchacha era anterior a su maternidad; su maternidad había sido producto de su marginalidad y a la par, esa marginalidad se consolidaba por el hecho de haber sido madre soltera. Pero sea como fuere, en el sueño estaba claro que era una mujer sola, sin hombre.
Ella era de tez clara, bronceada... más bien curtida por el aire del campo. Tenía unos enormes y brillantes ojos negros, una preciosa figura, aunque no era muy alta. Llevaba el pelo suelto, en una media melena y a pesar de la suciedad del lugar se la veía limpia y aseada.
No se muy bien que hacía yo allí, ni que relación tenía con ella. Solo que sentía un profundo amor y la deseaba mía. Mejor dicho, más que desearla, la quería y ella también a mi. No había deseo de sexo, pero dos o tres veces le besaba los labios y sentía ese típico y poco describible hormigueo que se siente cuando el amor todavía es sorpresa y a la vez duda y esperanza... cuando no acabas de creer aun que eres correspondido, que eso te está pasando a ti.
Sin embargo, ese dulcísimo sentimiento estaba acompañado por la pena (y digo pena, no angustia) de tener la certeza, sin explicación alguna, que ese amor era imposible. Es la pena de quien tiene algo deseado al alcance de la mano y no lo puede coger por más que se esfuerce en ello.
Y en esas vicisitudes me debatía, cuando al darme la vuelta vi a un hombre desconocido tumbado en una hamaca, balanceándose tranquilamente. Ese hombre no mantenía ningún tipo de relaciones con la muchacha ni viceversa. Su presencia era solo explicable en el plano onírico, era como si estuvieran proyectando dos películas en dos pantallas juntas y de pronto el personaje de una de las películas se metiera en la otra.
qué cosa más rara. La muchacha me recuerda a Rabje, mi amiga albanesa. Escribes muy bien, sabes?
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