domingo, 26 de septiembre de 2010

LLEVO VEINTE AÑOS PERSEGUIDO POR FANTASMAS (II)

Nos dio, al menos a mí, una gran alegría el encuentro, comenzamos a recordar peripecias y amigos comunes de aquel veraneo e igualmente, de una manera natural, comenzamos a hacernos confidencias. Resultaba que ella acababa de liquidar de manera dolorosa (incluidos intentos de suicidio, según me confió) una relación con un tal Tato (distinta de la de aquel verano), mientras que yo mantenía unos amoríos un tanto extravagantes con mi inglesita marinera.
Bueno, ese encuentro casual, en esas determinadas circunstancias y la química que ya había funcionado la primera vez que nos vimos, fraguó rápidamente en una estrecha relación y los dos nos enamoramos. Para el día 14 de abril, su cumpleaños, recuerdo que le regalé un enorme libro con todas las tiras de Mafalda y anduvimos todo lo que quedaba de curso el uno junto al otro.
Donde Ysaura estaba, se hallaba Klaus; éramos capaces de las mayores locuras, como estar de copas por el Valle del Kas y llegarnos a las tres de la madrugada al Escorial para ver amanecer... o simplemente amanecer frente al mar en Santander, o la emoción de descubrir en Orihuela las fachadas de las casas de los barrios obreros, que en homenaje al poeta Miguel Hernández (aquel de "umbrío por la pena"), habían pintado con motivos evocadores de sus poemas.
Los meses pasaban, la relación se estrechaba pero... pero yo no era capaz de dar ese a veces sinuoso saltito que separa una buena amistad de un cálido amor. Yo trataba a Ysaura como a la niña de mis ojos pero mantenía la distancia, me comportaba con ella como si ella fuera el mejor de mis camaradas, aunque en realidad mi corazón se consumía en un ardiente amor.
Ella no entendía nada, no comprendía mi comportamiento y sólo le faltó pedirme de rodillas y a gritos que dejara de "amiguearla" y que la amara y digo de rodillas y a gritos porque me lo pidió de otras mil maneras, aunque cada vez que ella llevaba la conversación a ese terreno, yo escurría el bulto con increíble habilidad.
Con esto llegó un nuevo verano y ella marchó con su familia a una playa de levante, en un pueblo a unos cien kilómetros de donde yo, como siempre, pasaba mis veranos. Todos los días, desde que llegué a mi casa de San Telmo, salía de madrugada para ir a verla y regresaba de madrugada. Dormía dos, a lo sumo tres horas y de nuevo marchaba a verla, pero por más que lo intentaba no era capaz de saltar la barrera.... ¡Dios!, lo que hubiera dado por tener fuerzas para abrazarla y besarla y confesarla mi amor y permitir que ella me confesara el suyo. Pero nada.
Uno de esos días sucedió algo aparentemente intrascendente, pero que luego se convirtió en determinante. En las proximidades de donde ella estaba, hay un pueblo minero, La Unión.
Allí terminaba las prácticas de la Escuela de Minas Aldo, mi amigo del alma. Estuvimos unos momentos viéndole, les presenté y nos marchamos y ya no supe de él en todo el verano, pues iba de vacaciones con su familia a otra costa.
Y en estas idas y venidas, manteniendo a duras penas el absurdo de vida y de relación que yo imponía a Ysaura, dieron los primeros días de agosto y de pronto se cansó, aunque no me lo dijo, y regresó a Madrid. El resto del verano lo pasé en ascuas, comunicándome con ella por teléfono (en aquellos tiempos los apartamentos de verano no solían tener teléfono y, por descontado, no había móviles, así que tocaba "cabina") y por cartas. Comprendía que había llevado la cosa a una situación límite.
Por fin llegó septiembre y con ese mes, el tiempo en que debía preparar el comienzo del nuevo curso, el último de mi carrera (es curioso que en España llamemos "carrera" a los estudios universitarios, si consideramos que las putas también hacen “la carrera”… ya es curioso que digamos que los estudiantes hacen lo mismo que las putas, ¿Por qué será?). Es decir, que con septiembre llegó el pretexto, casi único para dejar San Telmo y marchar corriendo a Madrid, tras Ysaura, sin quedar demasiado en evidencia.
No hice nada más que llegar y me encontré con Aldo pues una de las razones de que fuéramos amigos de la infancia era que él vivía con su familia en un apartamento de la decimoquinta planta del edificio donde mi familia y yo ocupábamos otro en la octava.
Como puede suponerse, llamé a Ysaura recién hube llegado y concerté con ella una cita inmediata pero que no recuerdo por qué razón o con qué pretexto, me anunció que sería breve. A la cita acudió con una amiga, Claudia, esa confidente inseparable que todas la mujeres entre los quince y los veinticinco años siempre tienen y que a la postre suele terminar siendo la peor enemiga.
Aprovechando que toda mi familia, por unas u otras razones, estaba fuera de Madrid y que por tanto podía disponer libremente de mi casa, invité a Ysaura a pasar allí la tarde del siguiente día para de oír música y tomarnos una chocolatada que yo mismo prepararía, pero claro, no se le podía hacer el feo a Claudia, por ello me sugirió que buscase un amigo para completar las dos parejas y, evidentemente, mencioné a Aldo, quien luego aceptó gustoso el convite.
Pasé la noche en vilo acopiando fuerzas y llegando a decidirme para, por fin, dar el saltito y arreglar la situación. La chica me interesaba realmente y realmente había conquistado mi corazón. Estaba perdidamente enamorado de Ysaura y entendía que ese amor merecía el gran sacrificio de luchar contra esa timidez, ese algo que me impedía franquearle las puertas de mi alma.

jueves, 23 de septiembre de 2010

LLEVO VEINTE AÑOS PERSEGUIDO POR FANTASMAS

Entre que dije que lo contaría por un lado y que por otro se ve que voy llegando a viejo y deseo ejemplarizar todos mis posibles Karmas, la historia que voy a contar jamás la conté a nadie como en realidad sucedió, al principio por razón de perjuicios machistas, después por no reconocer que me seguía angustiando al cabo de los años y luego porque el tiempo no perdona y terminó por diluirse en el conjunto de mis vivencias.
Las situaciones que la forman fueron recurrentes mis sueños, más bien en mis pesadillas, durante más de veinte años, en los que fui perseguido por un ex-amigo, ya fallecido (a los seis o siete años de finalizar la historia), como asiduo visitante de mi subconsciente onírico, aunque curiosamente, en sueños, nunca tratamos la cuestión de la traición de amores de la que fui su víctima -o al menos eso creí entonces- y todo se resolvía, por mi parte, en una gran ansiedad por encontrarle, vivirle o, si se quiere, recuperarle en la plenitud de sus facultades, aunque inevitablemente siempre me daba esquinazo.
Hace ya años que esta historia ha perdido su condición de perturbadora onírica, justo después que, tras meditar unas horas (sólo Dios sabe cuántos minutos de reflexión he dedicado a esta chorrada), me pareció dar, ¡Eureka!, con la explicación que hace encajar con visos de verosimilitud lo que pasó, aunque ello me ha supuesto descubrir la verdad terrible de que lo que verdaderamente me importaba era el por qué y no el qué… la causa de lo sucedido y no propiamente lo que pasó.
He de comenzar diciendo que aunque la vida me curó radicalmente de esos espantos, en mi adolescencia y primera juventud fui un gran tímido. Pero un tímido atípico, porque siempre he tenido la facultad de comunicarme fácilmente, he sido siempre gente de buen trato y rápidamente simpatizaba con todo el mundo, incluidas las pibitas. Quiero decir que aunque aparentemente era una persona más que suficientemente desenvuelta, en realidad escondía, bajo ese caparazón, que mantenía a toda costa -supongo que como autodefensa- una gran timidez. El resultado es que conectaba con todos -el problema afectaba a la totalidad de mis relaciones, no solo a las que establecía con chicas- rápidamente, pero me costaba un imperio trascender la primera relación superficial. Con las niñas eso implicaba que les llegaba pronto a interesar pero me detenía y no sabía franquear -para ellas de modo inexplicable- el punto donde ese primer interés debía avanzar hacia una relación más profunda.
Este problema me procuró serios batacazos, de ellos uno especialmente doloroso, sobre el que versa esta historia, aunque ya me había sido anunciado por otro previo parecido, del que no supe tomar lección.
Así, en el verano del 74 y allá en mi estival Playa de San Telmo, surgió como una aparición emergente del agua, como una preciosa sirena, una pibita de piel escandalosamente blanca para los que ya llevábamos algún tiempo por esos lares y podíamos lucir un solemne bronceado. Eran los ojos negros más grandes y más profundos que jamás había visto. Eran unos espléndidos diecisiete años, peinados a la moda Heidi, era Ysaura… una diosa vestida de diosa (en realidad esa primera vez llevaba bikini).
Y sucedió lo que tenía que suceder. La miré, me miró, me gustó, le gusté.... y como siempre sucedía, rápidamente conectamos.
Simpatizamos enseguida y pasamos un verano verdaderamente agradable, situando nuestra amistad dentro de los límites de una efímera relación estival, del respeto del compromiso que por entonces mantenía ella y de las expectativas (esas no me faltaban nunca) que yo tenía. Es decir, establecimos una relación de mucha simpatía y a la vez muy superficial, aunque como luego se evidenció, ambos tomamos reciproca nota de nuestra respectiva existencia.
El veraneo acabó y cada uno volvió a su casa, en Madrid, donde curiosamente vivíamos en sitios no muy distantes el uno del otro. Al poco de regresar, nos llamamos algunas veces y siempre por iniciativa de ella, salimos en un par de ocasiones, en grupo, con amigos del verano....
Fuera de esos leves contactos el tiempo siguió transcurriendo y alcanzó el calendario hasta las primeras fechas de diciembre del 76, en pleno invierno, encontrándonos casualmente un día por los alrededores de la vieja “Complu”.

¡COMO ME GUSTA EL LEONARDO!

BIRD ON THE WIRE

Like a bird on the wire,
like a drunk in some choir
I have tried in my way to be free.

Comme l'oiseau sur la branche
comme l'ivrogne dans le coeur de la nuit
j'ai cherché ma liberté.


Like a worm on a hook,
like a knight from some old fashioned book
it was the shape, the shape of our love twisted me.

If I, if I have been unkind,
I hope you can, I hope you can just let it go by. (let it go by)
If I, if I have been untrue
it's just that I thought a lover had to be some kind of liar too.

Like a baby, stillborn,
like a beast with his horn
I have torn everyone who reached out for me.
But I swear by this song
and by all that I have done wrong
I will make it all up to thee.

I saw a beggar, he was leaning on his wooden crutch,
he says to me, "Come on now, you must not ask for so much."
And another pretty woman, she was leaning in her darkened door,
she cried out to me, "Come on now, why don't you ask, why don't you ask for just a
little more?" (just a little more)

Oh like a bird on the wire,
like a drunk in some old choir
I have tried in my way to be free.
Like a bird on the wire,
like a drunk in some choir
I have tried in my way to be free.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

EL MUNDO SE DERRUMBA Y NOSOTROS NOS ENAMORAMOS O DE LOS EFECTOS DE LA ROTURA CON YSAURA

Leía a la “libretera” (¿a que suena mejor que bloguera?) NABIA OREBIA sus reflexiones sobre las rupturas y la estrecha relación que las mismas, para ella y a lo leído en los comentarios para muchas más, tienen tales episodios con el chocolate y las bragas y se me vinieron a la cabeza, además de una reciente vivencia, una cascada de recuerdos.
En cuanto a la reciente vivencia, se trata de la sorprendente reacción que tuvo una “titi” conocida cuando al calor de sus múltiples rupturas, se me fundió el filtro que todos debemos tener entre la sesera y la lengua y le dije que cambiaba más de “tronko” que de bragas, a sabiendas de que es “súper relimpia” y se las muda constantemente (¡ojo! No hagáis el chiste facilón de interpretar o leer “sexera” por “sesera”, porque soy de los que piensan que justo ahí no tiene por qué haber filtros, salvo los, en su caso, necesarios y derivados del ya clásico dicho “pónselo, póntelo“).
Pero dejando aparte esa vivencia, que algún día de estos interpretaré, quiero entrar en los recuerdos, que en esta ocasión me condujeron a la buena de Ysaura.
Visualizando a Ysaura, lo primero que se me viene a la cabeza es lo sensacionalmente eclécticas que pueden llegar a ser las mujeres...cuando quieren, pues hay que reconocer que tienen, generalmente, cierta (¿solo cierta?) tendencia a la complejidad... recuerdo que en un film americano (perdón quise decir usano -no queda mal la palabreja para designar a los ciudadanos USA, ¿eh?-), un padre, hablando a su hijo y refiriéndose a las mujeres en general, pero con la vista puesta en la suya (esposa y madre, respectivamente), definía a éstas, más o menos, como aquellos seres permanentemente enfadados con uno porque habías infringido un montón de reglas que previamente NO conocías.
En cuanto a lo que he sentido, obviamente después de la ruptura y ahora siento por Ysaura, es cuestión que ya me he planteado alguna vez y la respuesta es compleja, aunque no complicada. Me explico: Mis sentimientos hacia Ysaura han ido variando en función del tiempo y de las circunstancias. Al principio y durante una larga temporada, tuve el corazón roto. Pasado algún tiempo, más o menos en la época de una visita clandestina que hicimos a la casa de campo familiar, donde estuvo con un compañero mío, no sentía pasión por ella. Le tenía cierto afecto y sentía una gran desazón por lo que sucedió, porque no me explicaba -y aún no me explico- como las cosas tomaron ese rumbo y de un plumazo, aun asumiendo mis propios errores como causa principal del efecto indeseado, me quedé sin la niña que amaba y sin el amigo al que más quería. Aunque he de confesar -y eso no dice bueno de mí- que aquella excursión la provoqué con un sentimiento de reivindicación frente a mi ex amigo (al que como es lógico, o quizá no tanto, hacía mucho que ni veía ni escribía). De alguna manera quería, en un momento dado, poderle decir a Aldo –así se llamaba el traidor- que era tan cornudo como yo.
Más adelante, cuando salía yo con una tal Andrea, deje de sentir ese cierto afecto y sentí pena. Fue la época del comienzo del matrimonio de Ysaura con el piloto de aerolínea, época en la que, dadas las ausencias del piloto, se movía como perro sin amo. Alguna vez coincidimos Andrea y yo con ella y realmente me hacía las cosas difíciles, pues no paraba de hacerme carantoñas y arrumacos en su presencia, lo que me resultaba profundamente desagradable y me ponía nervioso.
Desde la muerte de Aldo hasta la fecha, sigo sintiendo una profunda curiosidad mezclada con una especie de afecto nostálgico... ¡que jóvenes éramos y cuantas locuras hacíamos!... sinceramente creo que si llegase a satisfacer mi curiosidad, Ysaura no pasaría de ser un recuerdo más o menos amargo.
Y esto viene a cuento de lo leído a NABIA porque sé positivamente que los efectos de una ruptura van mucho más allá del chocolate y las bragas… y lo sé porque no en vano me pasé más de veinte años perseguido por fantasmas, aunque esa ya es otra historia que quizá un día me apetezca contar.

A VAZQUEZ MONTALBAN IN MEMORIAM

Hoy he viajado por los mares del sur, en un viaje a través del tiempo de mi memoria, por paisajes urbanos, allí donde revoletean los lúgubres pájaros de baden-baden, allí donde sólo hay asfalto, desolados hombres y mujeres en pena, ahogados en su particular océano de ginebra a palo seco y atormentados por los recuerdos de los amores perdidos, de los viajes solo soñados, de las pieles intactas que se les fugaron, de esos besos amargos que nunca se atrevieron a hacer volar para besar otros labios.


miércoles, 8 de septiembre de 2010

LA CLAVE DE SOL

Hace unos días me refería a mi clave de sol y desd entonces no ha pasado ni un solo instante sin que el recuerdo de lo que para mi llegó a ser una preciada posesión me abandone, así que un poco como ejercicio de higiene mental, he decidido dedicar unas lineas a este asunto.

Me pregunto donde parará esa clave de sol que robe entre besos y caricias, como prenda de un amor imposible... imposible. Donde pararás tu dulce y ardiente Marie, jovencísima gacela marsellesa que entre mis brazos perdiste tu clave de sol... mi clave de sol. Que será, Marie, de tu gentil cuello, señor de la clave de sol que durante mucho tiempo pasó a ser prenda esencial de mi garganta y verdadera clave del entendimiento del que antes fui yo. Clave de sol que fue permanente recuerdo de tus ojos encendidos, de tus besos inexpertos y de tus risas, Marie, la niña francesa y traviesa, mi niña, que quiso descubrir en mis brazos el amor.


Y ahora sé, ahora sabemos ambos, que no hay permanencia que una eternidad dure porque, esta vez no robada, sino ofrecida, mi clave de sol dejó de ser mía. Fue entregada como prenda de mi afán imposible de apresar el cuello de Lynda. Lynda, tan bella... bella por dentro y bella por fuera, preciosa mujer, atormentada y solitaria, presa todos los atardeceres de la compañía de su botella de ginebra... Lynda, la dueña de mis etílicos desmarques solitarios, la que me enseño a beber para olvidar, la que me dio la dimensión de la anestesia amorfa del alcohol, por no recordar aquel amor fugaz entre mis playas y mis remordimientos, mis deseos y mis cobardías, amor fugaz si, pero también profundo entre la realidad dura de la haima norteafricana y la entonces prohibida realidad de Gibraltar.

Con mi clave de sol quedaste Lynda y con ella te dejé un jirón de piel y un millón de lágrimas. De tu lealtad supe que el amor de otro hombre había anidado en tu corazón, a cambio del recuerdo de tus besos, salados y bereberes, del recuerdo de tus caricias... a cambio del recuerdo de tus manos aferradas a mis brazos... a cambio del recuerdo de tu sonrisa marinera.

EL SUEÑO

Hoy, anoche, he tenido un sueño.

Caminaba por un camino rural, por las afueras de un pueblito rústico. Iba con una hermosa muchacha al lado, pobre, muy pobre, una persona marginada. Al paso apareció un montón de alpacas de yerba, de un color verde un tanto artificial... era el pienso para los animales de la especie de granja abandonada donde vivía la muchacha, se trataba de un producto de baja calidad... no era un pienso bueno.

Según íbamos avanzando hacia su casa, nos iban saliendo al paso unas gallinas... encima del montón de alpacas había visto un gran gallo con una cresta roja y enorme. Mientras que otro gallo, éste con tan poca cresta que me hacía dudar si era una gallina, se arrimó a la muchacha y jugueteaba con ella.

Por fin llegamos a su casa, una especie de cobertizo en muy lamentable estado. Todo estaba viejo, cochambroso y sucio.

La muchacha era muy bonita, bellísima, iba modestamente vestida, con una ropa como de un desvaído marrón claro, de verano y corto, un palmo por encima de sus rodillas.

Una niña pequeña, de unos cinco o seis años, hija de la muchacha, nos esperaba por allí y nada más ver llegar a la madre se abalanzó cariñosamente hacia ella.

Esa maternidad era a la vez consecuencia y causa de su marginalidad, o lo que es lo mismo: el estado de marginalidad de la muchacha era anterior a su maternidad; su maternidad había sido producto de su marginalidad y a la par, esa marginalidad se consolidaba por el hecho de haber sido madre soltera. Pero sea como fuere, en el sueño estaba claro que era una mujer sola, sin hombre.

Ella era de tez clara, bronceada... más bien curtida por el aire del campo. Tenía unos enormes y brillantes ojos negros, una preciosa figura, aunque no era muy alta. Llevaba el pelo suelto, en una media melena y a pesar de la suciedad del lugar se la veía limpia y aseada.

No se muy bien que hacía yo allí, ni que relación tenía con ella. Solo que sentía un profundo amor y la deseaba mía. Mejor dicho, más que desearla, la quería y ella también a mi. No había deseo de sexo, pero dos o tres veces le besaba los labios y sentía ese típico y poco describible hormigueo que se siente cuando el amor todavía es sorpresa y a la vez duda y esperanza... cuando no acabas de creer aun que eres correspondido, que eso te está pasando a ti.

Sin embargo, ese dulcísimo sentimiento estaba acompañado por la pena (y digo pena, no angustia) de tener la certeza, sin explicación alguna, que ese amor era imposible. Es la pena de quien tiene algo deseado al alcance de la mano y no lo puede coger por más que se esfuerce en ello.

Y en esas vicisitudes me debatía, cuando al darme la vuelta vi a un hombre desconocido tumbado en una hamaca, balanceándose tranquilamente. Ese hombre no mantenía ningún tipo de relaciones con la muchacha ni viceversa. Su presencia era solo explicable en el plano onírico, era como si estuvieran proyectando dos películas en dos pantallas juntas y de pronto el personaje de una de las películas se metiera en la otra.

viernes, 3 de septiembre de 2010

SENTADOS EN LA PLAYA VIENDO LOS CULOS PASAR

Pues si señor... ya se terminó la "vacatio" estivalera, un poco aburridillo de hacer lo mismo casi todos los días y que se resumía, como le decía a mi amiguete "RABOCOP" (llamado así por una amiga común y admiradora suya por aquello de que considera que este tipo es mitad "rabo" mitad "madero") en estar sentados en la playa mirando -y como no, cubicando- los culos de las tías que pasaban, bajo el pretexto de estar cansados y desear leer la prensa para no acompañr a nuestras respectivas parientas en el largo y conversado -coño, no paraban de hablar- paseo playero.


Eso de que las mujeres hablen tanto es un claro indicio de la premeditación del Creador (o sea, de libre albedrío nada) cuando decidió poner en circulación a Eva... el muy tuno ya sabía lo de la manzana y tenía previstos los castigos, tanto los que dijo, como lo de la expulsión del paraíso, aquello de que "... te ganaras el pan con el sudor de tu frente..." y "parirás con dolor..." como los que calló, entre otros el no dejarlas mudas, con lo guapas que están cuando están calladas... bueno, esto es broma, claro, no me gustaría que se interpretase que soy un machista de mierda, así que diré que supongo que ellas, en el mismo discurso omisivo-punitivo del Creador, habrían abogado porque los hombres fuéramos mancos o al menos el poder escayolarnos a voluntad, todos o alguo de nuestros miembros.

En fin… lo que me pareció mentira, después de años sin frecuentar la playa, es que existan mujeres superbonitas, dignas de ser miradas con arrobo no exento de respeto y reverencia… lo que en un primer momento me alegró mucho… justo hasta que caí en la cuenta de que esas ninfas no eran otras que las amigas de mis hijos que, como no, también van cumpliendo años.

Y entonces sentí mis “taytantos” como una verdadera losa… coño, si estoy tan calvo que sólo me veo patillas en el espejo, en el que tengo que mirarme de perfil de lo gordo que me he puesto… y de pronto caí en la cuenta que este 2010 cumplía cuarenta años, ¡cuarenta! (que como diría un vicioso del tute, no joden pero atormentan) desde que mis pies, siendo entonces un mocete en cuarto creciente, hollaron por primera vez ese lugar, esa playa, esa urbanización.

Y se me pasaron irremediablemente por la cabeza tantos recuerdos… los primeros besos, las francesas primero, las inglesas después, alguna holandesa… ninguna española (porque no quería líos con los papases y las mamases de las vecinitas y porque como bien es sabido, en la España –y con las españolas- de los primeros setenta, follar no era pecado, era milagro)… las primeras novias, el primer coche, mi inveterado MINI… la imagen de mi madre afeándome cabreada todas las faenas… tantas risas, tanta felicidad, tanta inconsciencia. Qué razón tenía mi padre cuando mis hermanos mayores (que siempre han dicho, los muy cabrones, que yo soy, o era, hijo de viejos, sin querer caer en la cuenta de que el pretendido "viejo", mi padre, me "corrigió" tanto o más que a ellos) o mi madre le daban las quejas de mis supuestos desvaríos al contestarles que me dejaran en paz ya que había cumplido con mi parte del “contrato” al tener encauzados sin problemas los estudios, porque ya tendría tiempo de sufrir, de saber lo que de verdad es la vida… de enterarme lo que vale un peine... ¡Que sabio era "jodío"!

Y andaba yo en estas meditaciones, sentado en la playa, un poco chafado, la verdad, cuando vi un culo pasar… el mejor culillo que he visto en mi vida enfundado en un bañador… el culillo "triañero" de mi nieta que, con la urgencia de irme con ella a rebozarme en la arena, hizo que concluyera la cavilación dando gracias a Dios porque (soy plenamente consciente de ello) he llevado, estoy llevando, una vida afortunada.

Así que terminaré hoy recordando los nombres de algunas de las chicas que por aquellos años me dejaron huella; unas las extranjeras, como novietas de más o menos “arrime”; otras, las españolas, como amigas entrañables a las que me unía un afecto absolutamente blanco (palabrita). Ellas fueron Marie (me regaló una clave de sol que llevaba como colgante), Laurence (una francesa guapísima a la que simplifiqué en Lorenza), Maud, Claire y Jenny,  las dos Carol (no tenían nada que ver entre sí y entraron en mi vida en tiempos distintos y en diferente clase de relación), Debbie, Mandy (esta chica me gustaba un montón, tanto como el Rolls de dos puertas que traía su padre todos los años), Lynda (mi marinera dulce, guapa, apasionada y sincera Lynn, a la que un par de años después de recibirla, regalé la clave de sol de Marie), Rocío, Mari José, Mercedes, Purita, Marina, Macarena, las dos Palomas, Cristina “terremoto”, Monki, Manoli, Sonia… A casi ninguna de las citadas las he visto en los últimos veinticinco años, a la mayoría, en los últimos treinta. Vaya para todas ellas con el recuerdo, mi afecto y mi agradecimiento por lo que en cada momento me aportaron.